Madriguera

Reina la negrura y el misterio.
Encerrada en mi viejo escondite, me oculto de la luz que me ciega. Claridad que derrite mis pupilas y permite que las ideas se escapen por las cuencas de mis ojos, como  el agua por un grifo abierto.
Huyo de todo, como siempre.

Siempre he valorado los espacios pequeños, porque es imposible que haya demasiada gente en ellos. Por lo general suelen ser lugares solitarios, y dios sabe cuanto amo la soledad.
Desde niña, llevo sintiéndome como un pequeño ratoncito, de hábitos nocturnos y ojos grandes. Preparado para vivir a pesar de estar continuamente al acecho de la muerte.
Adoro como mis pupilas se dilatan por la ausencia de fulgor al entrar en una habitación.  Es una reacción similar a enamorarse, solo que te ahorras todo el dolor innecesario.

Con los auriculares puestos y la música al máximo cierro los ojos y comienzo a perderme en mi mente, hasta que logro olvidar mi cuerpo y dejo de sentirlo.
Ya solo importo yo, mis pensamientos, mis miedos y mis ilusiones. Es mi momento más egoísta del día y el único en el que realmente soy feliz.
Soy feliz al ser codiciosa de mi tiempo, al acapararme y ser mi propio centro. Me alegra, porque sé que yo no puedo hacerme daño
y sé que puedo guardarme un secreto.
Me encuentro y me doy cuenta de lo mucho que me he echado de menos desde la ultima vez que me vi. Parece que hayan pasado siglos desde aquello.

No veo mis manos, y no las siento. A penas puedo moverme entre faldas y vestidos. Tanta ropa que no uso y tanta que me gustaría no usar. Quizá por ello elegí el armario como escondrijo. ¿Qué mejor lugar para esconderse que entre mi despreciable amor?
Consigo tumbarme entre las camisetas dobladas, y , a sabiendas de que mi madre me matará como me vea, no puedo evitar sonreír. Nunca he visto un cielo con tantas estrellas como el que se bosqueja en mis párpados.
Finalmente, me olvido también de mi y logro centrarme en algo aún más simple: la música. Noto como poco a poco voy despegándome de la balda que me sustenta.

Y ahí, entre la oscuridad es cuando me puedo encender, aunque en realidad siempre he estado brillando.
Apenas se aprecia porque mis rayos se pierden entre otros más brillantes; porque están ocultos tras el foco de una sonrisa. Mi sonrisa, la de una vida perfecta.
Esa preciosa bombilla que simula ser el sol, aunque todos sepamos que no lo es.

La oveja negra, o mejor dicho el ratón. Siempre seré la rara y todos juzgaran lo que hago o lo que soy, pero yo, mientras tanto,  seguiré en mi madriguera viendo el firmamento con los ojos cerrados y con ese sentimiento que llaman felicidad dibujado en forma de sonrisa real.